Por amor a mi marido

Date Febrero 18, 2008

Este relato es producto de la situación económica, conflicto de sexo y afectos involucrados. A la fuerza ahorcan, podría decir un viejo de los de antes al referirse a los hechos en los cuales uno termina por ser un mero espectador sin posibilidades por modificar o evitar el inexorable devenir de los sucesos.

Helena, llega a Bs. As. para estudiar, veintidós años y buena figura, de buen venir y de mejor ir, uno de esos cuerpos que no pasa desapercibido, ni por las mujeres, que con el rabillo de ojo la envidian a rabiar. Pronto consigue empleo y en la primera entrevista, como no podía ser de otro modo el encargado de recursos humanos (seleccionador de personal) quedó embelesado, como cajera en importante comercio. Al poco tiempo sus cualidades… laborales (de verdad) y capacidad fueron méritos para que fuera pasible de un par de ascensos en la escala laboral.

 

En una fiesta se conoce con Walter, se ponen de novios, enamorados, a los dos meses concretan la convivencia. Todo color de rosa, hasta que Walter queda desempleado y con todas la implicancias que esta situación. Sale por las mañanas con “El Clarín” (diario) bajo el brazo, vuelve con la frustración de no conseguir, uno, dos, muchos días, el sueldo de Helena alcanza para comer hasta el día veinte, con suerte. La falta de trabajo baja el autoestima y deprime el deseo de Walter, es uno de los efectos indeseados producidos dicen que por la globalización de la economía.

 

Alejo, es el típico ejemplar de “un bueno para nada” fachero (elegante porte), hijo del dueño, gerente de la empresa, puso los ojos y las intenciones en Helena. Ella no es ajena a esta preferencia no explicitada del todo, se ratonea (erotiza) y pensó en alguno de esos momentos que la soledad de su lado en la cama acucian el deseo insatisfecho mientras buscaba “hacerse justicia por mano propia” (forma elegante de nombrar al hecho vulgar de masturbarse) en tener “algo” con él. Tal vez en esa ocasión de aliviar su joven y ferviente deseo él haya sido el motivador de sus habilidades manuales.

 

Walter está cada vez peor, apático y sin ganas, Helena cada vez mejor, pletórica y con todas las hormonas pidiendo contención emocional, está en ese momento mágico que todos los machos deseamos, ese momento que está dispuesta para el primero que tenga la suerte de pasarle por delante. Pero aún así no le fue tan fácil, no es cuestión de andar por ahí revoleando la bombacha, ofrecerse a cualquiera, detrás de ella hay una convivencia, un hombre a quien quiere y quien la quiere bien, pero claro está visto que todo eso no alcanza, menos aún para ella, cada día más vital. Eran tiempos de mucha actividad en la empresa, que estaba en pleno crecimiento comercial, por tal motivo debía trabajar más horas de la usuales, y en ocasiones quedarse para cubrir tareas en horarios nocturnos no sin algo de disgusto de su pareja. Una noche de guardia nocturna, Helena y Alejo conversan, ella se entera que el gerente se quedó sin secretaria, se ofrece en reemplazo. En el primer momento le resultó algo extraño pues el hombre creyó que era indiferente a los ojos de la muchacha (como pueden fingir las mujeres) y como respuesta:

 

- Puede ser. Estarás arriba, en mi oficina, y un sueldo adicional, pero… -pausa, mira y evalúa la reacción. -además de secretaria deberás “atenderme”, como la otra… Helena trata de contener la bronca que le produjo esta forma sorpresiva de abuso de confianza, primero pensó en regalarle su mejor puteada o recomendación para su madre, pero tuvo ese momento de frialdad y autocontrol, que solo pueden tener las mujeres, sometió la ira y se limitó a mirarlo con su mejor mirada inexpresiva que se dice “cara de nada” - ¡No contestes ahora…!, pensalo bien, volveremos a hablar. -el hijo de puta se marchó como fuera a ver llover, sin cargo alguno de culpa.

 

Durante días la propuesta ronda la cabeza de Helena. A pesar del disgusto inicial sumado a la forma de arrogante superioridad produjo un rechazo visceral que se fue diluyendo como agua en la arena, tal vez esta forma poco galante fue el detalle que ahora gana su preferencia (extraño ejercicio de pensar), le gusta la pierna (le gusta el hombre), necesita sexo y guita (dinero). El conflicto íntimo termina por llegar a un punto sin retorno, piensa ¡Que la suerte decida!, tira una moneda al aire: ¡cara, guita; ceca, sexo!, la recogió sin mirar, se contestó a sí misma -¡Cayó de canto!, la suerte está echada. ¡Vamos por el Combo! Esa mañana sabe que la suerte está echada, sube hasta la oficina de Alejo y con calma decisión dice: - ¡Seré tu secretaria y… ese algo más…! ¡Sueldo extra no, tomás a mi marido como empleado!

 

Haberlo dicho había tenido el costo de cargar ese conflicto interior toda una semana, ahora, liberada de él tras haber dejado la mochila de la incertidumbre, vencido todos los miedos y aprensiones, entrar en esta situación que jamás se había imaginado también tendrá su costo, pero de momento no le preocupa demasiado pues está anestesiada por ese deseo interior que la consume. Ya ni recuerda cuando fue la última vez que su pareja la hizo gozar, si las dos o tres últimas hace más de un mes y fueron relaciones forzadas, casi obligadas por ella que agregaron nuevas frustraciones, vuelta a fingir orgasmos que distaban tanto que ni siquiera estaban asomados al horizonte de su placer.

 

- ¿Cuándo empezás? - la lujuria se le nota en la voz, ¡qué torpes somos los hombres!, creer que conseguimos las mujeres con solo intentarlo, casi siempre (como en este caso) es la mujer la que decidió antes que el macho se le acerque. Nosotros podemos elegir, pero son ellas deciden, ellas piensan con la cabeza de arriba, nosotros con la de abajo.

 

- ¡Ahora! - decidida, sonríe, está saboreando su “victoria pírrica”

 

Se deja besar. Él quiere sellar a besos el acuerdo, no lo hace nada mal, Helena se deja llevar al terreno del gerente, se desplaza delante del escritorio, pasea victoriosa toda la sensualidad que esa mañana había perfumado con una costosa fragancia francesa. Alejo se remueve en el gran sillón algo incómodo, con evidentes signos de excitación sigue los movimientos de la joven que lo está poniendo como nunca. Ella lo está midiendo, calculando cuando la fiera sexual se abalanzará sobre la frágil gacela, pero el tipo se hace desear más de lo que había calculado. Ese juego del gato y el ratón modificó sus esquemas, y a pesar de tener otros planes tales como no ser todo lo efusiva que es en la cama, no pudo, la calentura interior la tomó por sorpresa, el hombre en aparente pasividad se acarició el miembro, que Helena desde su posición estimó debía ser algo importante, por el bulto al menos. Los calores comenzaban a recorrerla, esa visión produjo el efecto de humectar su intimidad, como en sus mejores momentos de calentura, este sin duda estaba haciendo méritos para serlo.

 

Va hacia la puerta, la cierra y vuelve dispuesta “a poner toda la carne en asador” (algo así como jugar el todo por el todo) obligó a poner más de sí, acuciar a la fiera a salir de su cubil. Se acercó a él, lentamente, alargó su mano hasta tomar la del hombre, manso se dejó llevar hasta un sillón que había en un rincón de la oficina. Se sentó delante de él, entre sus piernas y procedió al mejor estilo de una película porno a desabrochar el cinturón bajar el cierre del pantalón y dejarlo que por su propio peso llegue al piso, luego hurgó por la abertura del bóxer para extraer a la bestia que se debatía en el incómodo encierro.

 

La bestia asomó su cabeza brillosa, un cíclope que se presenta amenazante, los ojos de Helena parecen el dos de oros de la baraja, es evidente que no esperaba tanto, gratamente sorprendida por el visitante que late en sus manos sin poder abarcarla con una, con las dos casi, su boca se abre, suspira en signo de asombro y callada admiración mientras por un instante (muy breve por cierto) piensa como va hacer para aguantarse tanta carne. Los pensamientos quedaron para otro momento, él la acercó a su miembro. Entre la brusca maniobra y su sorpresa la verga de Alejo fue a dar contra los labios de la muchacha. Tampoco era cosa de estar despreciando esta apetitosa carne que hizo amago de comerla de un bocado, sin dejar de mirarlo en todo momento, no fue más que eso para poder rodearlo con sus labios (tiene la boca más bien pequeña) debió acomodarlo despacio.

 

El aguante de Alejo no daba para más, tan solo un par de lamidas bastaron para ponerlo más allá de lo que un hombre como él podía resistir. Ella se dejó caer de espaldas sobre el mullido cojín, subió la falda durante el movimiento para ofrecer al macho dominante el espectáculo de su intimidad vellosamente húmeda vestida de encaje blanco para la ocasión, las puntillas casi traslucidad no podían contener el tupido vello laceo emprolijado más de lo usual. Levantó las piernas tomándose los muslos, clara invitación a que él sacara la escueta tanga de encaje, sin hacerse repetir la insinuación juntó las piernas e hizo la bandera del deseo por las blancas columnas y volvió hacia el objetivo dejando que la mujer se abra ofreciendo su tesoro.

 

El hombre desnudo desde la cintura para abajo, se acercó a ella, el mástil de carne enhiesto en ángulo agudo con el vientre se acerca a ella que entrega sus bajos instintos, abriendo los labios mayores húmedos y ansiosos por probar esa carne ansiosa. Helena se recuesta algo más para favorecer la ubicación del hombre entre sus piernas, se sostiene las piernas, deja que sea él quien abra con una mano la cuevita y con la otra guíe el ariete que la penetra. La máquina de Alejo, tamaño feroz, la abre más que en su primera vez, se alegra de estar bien húmeda sino quien sabe que estropicio podría causarle, los gemidos iniciales son quejido en la impiadosa garchada (cogida). Cada entrada es un empalamiento, el hombre está pasado de calentura, no para de meter y meter, ni pensar en su orgasmo solo vive y por momentos sufre esta penetración que le está llegando hasta el alma, dentro de la poca lucidez que puede tener en una situación tan extrema no tiene registro de haberse comido tanta carne junta, ni ser tomada con tanta pasión y violenta calentura. Quiere ayudar asistir a la calentura de él, intenta pero por la posición y la urgencia demostrada no le dejan realizar nada más que un par de movimientos pélvicos para ayudarlo.

 

No sabe calcular cuánto tiempo hace que está sobre ella, estima que no más de diez minutos, pero parecen más por lo intenso de la relación. Cambia el ritmo de la penetración, lento, profundo (¿hasta dónde quiere llegar?), como está tomada de la espalda de él siente como se tensan los músculos, la cadera otra cadencia en la penetración, alguna breve pausa mientras empuja en lo profundo el glande contra el confín del útero con firme intención de atravesarlo. Se producen, ahora con más urgencia los signos clásicos de cuando el hombre está llegando, los sufre y disfruta como nunca. ¡Por fin! se decide a llenarla de leche. ¡Qué alivio! Siente como el miembro se le pone más tenso, late una y otra vez, lo sabe con cereza es el anuncio del recorrido de la esperma que busca rebasar los límites masculinos y ofrendarse sumisa en el cofre expectante. No supo cuántos fueron las emisiones, pero sí notable la expulsión de la masculinidad desbordada que va dejando en ella el producto de su calentura.

 

Mientras él viaja por otra galaxia, contenido entre sus brazos como un bebe en reposo, aún latiendo ambos sexos, sin salirse, se enciende en ella la luz de alerta, un imperdonable olvido, algo que no debió suceder, envueltos en la vorágine de la urgencia sexual de él se dejo llevar en su arrollador “in crescendo” y no reparó en hacerlo colocar el condón protector que evita tantos dolores de cabeza. El olvido sumado a la falta de precaución de él por no preguntar si podía terminarle dentro llegó a este estado de cosas, estimó que no había un culpable sino una suma de ambos. En ese breve momento de soledad, aún así abrazados, que tenemos todos después de acabar, se puso a calcular los días que hacía después de la última regla, con más buena voluntad que certeza estimó (o quiso creer) que no era uno de los días peligrosos. Aún sin haber tenido un orgasmo el coito había tenido sus momentos buenos, había disfrutado buena parte del acto, claro él mucho más. Vuelto al mundo real, se salió de ella, tomó su pañuelo y se lo alcanzó para que enjugara y contuviera la descarga seminal que había dejado dentro de la maltrecha conchita.

 

Por suerte no cayó en el lugar común de los que se creen súper machos y dicen “¿Cómo estuvo?” dando por sentado que con él todo siempre está todo bien, -¡Qué bueno, qué estrecha sos! ¡Tenías una joyita guardada! - Con eso -le señala la pija, aún en erecta. - todas son estrechas para vos, ¡me rompiste toda! -la tenés tan gorda, imposible, rodearla con la mano. -El sonríe, agradece el elogio, que sabe es cierto, al cabo que no es la primera que se lo hace notar.

 

Helena se sorprende ¡haberla tragado toda!, el semen abundante se le escurre hasta el orto. Alejo recoge esa parte del líquido y juega frotando sobre el aro anal, ella lo aparta asustada: - ¡No!, ¡ni te animes, me matás! -llena de miedo intenta levantarse para refugiarse en el baño de la oficina.

 

- ¡Quedate tranquila, te lo perdono! - no la tranquiliza demasiado.

 

Lo complace mamándolo, mantenerlo en acción es bueno para que vuelva con esa peregrina idea y se lo rompa de verdad. La mamona está en los preliminares, no se esforzó mucho para ponerlo en condiciones, pero él tiene otros planes y como se puede va acomodando sobre la alfombra. Él es bueno en caricias digitales, disfrutan haciendo el 69, ella arriba se contonea al ritmo de la boca de Alejo, olvidada del mundo y de todo se entrega a las habilidades bucales y a los dedos inquietos que no dejan agujero por explorar, se deja ir en un orgasmo inesperado y largo, desocupa su boca para no ahogarse y gozarlo. Necesitaba un desahogo como este, que no por sorpresivo fue menos intenso y deseado. Lo gritó y gimió tan intenso que un par de lágrimas asomaron a sus bonitos ojazos negros, gotas brillantes que supo apreciar este troglodita del sexo y recoger con gran ternura con las yemas de sus dedos.

 

Este tipo que no le había caído muy bien era capaz de gestos y actitudes que siempre había deseado de su amante, era un hombre contradictorio, la furia violenta al momento de la penetración contrasta con la delicadeza en el sexo oral y la ternura demostrada en su goce, compartiendo y entregándose al placer de ella. Goza el relax del prolongado orgasmo, él la espera con deseo pero sin urgencia, cuando ella quiere retoma la mamada. Abierta de piernas se ofrece nuevamente, la toma de las caderas, en dos movimientos está en ella, empujan juntos, hasta el fondo, duele adaptarse al tamaño. Su vida sexual se reduce al conocimiento de solo tres vergas, ésta es el doble Walter.

 

- Será mejor boca abajo -Alejo le dedicó media hora de metisaca antes de eyacular, no hubo mención al uso del condón.

 

Para facilitar el acto, él, solícito, colocó un cojín bajo el vientre de Helena, ahora la cola está bien levantada, sumisa, pero desafiante, ya sabe cuanto calza el hombre, está preparada, aguanta, disfruta y colabora, levanta las caderas para ofrecerse más aún al macho dominante. Los dos en la medida de sus posibilidades disfrutan el acto, casi al límite de su resistencia Helena llega al agónico orgasmo, aguanta todo el pedazo que se mueve muy suave, esperando que termine de gozarlo para retomar el ritmo y dejar en ella otra dosis del preciado esperma que la sorprende haciéndola gozar a su contacto y estertor del último chorro.

 

La ducha y el bidé no borran las huellas de la brutal cogida, vuelve a casa irritada y dolorida. Da a Walter la buena nueva del empleo. Después de cenar, el quiere sexo, ella dormir… Walter recuperó la autoestima, revalorizado en lo personal tiene su correlato en el terreno sexual, más activo, nuevos bríos hacen pronto de él un hombre nuevo, bueno sin exagerar el mismo de antes nada más. Verlo así justifica dejarse coger por el jefe, que por otra parte no lo hace nada mal y bien sabe manejar el privilegiado objeto que lleva para gusto y disgusto de Helena. Antes nada y ahora tanto, su cambio fue sin término medio, ahora que tiene sexo seguido en casa viene a sumarse a la faz de sexópata que exhibe Alejo, insaciable a la hora de ir a la cama, la está haciendo de goma (en sentido literal y vulgar es cuando le da máquina mucho y en todas las formas).

 

Alejo la puso a dieta: mamona de semen y morcilla en ración doble que cumple como mínimo dos veces en la semana, pero hubo de tres y excepcionalmente casi cinco días. -¡Qué puta suerte y no poder contarlo a ninguna amiga para hacerlas morir de envidia!, bueno no tanto pues también hay que tener un aguante “de aquellos”. Durante el devenir de esta relación el jefe había acondicionado, en los altos de la oficina una habitación adecuada para los encuentros, casi siempre en horas sustraídas a las tareas. En uno de los encuentros Alejo se apareció con un sugestivo obsequio -¡para los dos! -dijo sonriendo.

 

Al abrirlo apareció a los ojos de Helena un par de consoladores, uno de buen tamaño (casi tan gordo como el de él), después de las bromas ella no tuvo mejor idea que tomar el más pequeño y simular una penetración: - ¿Cómo me queda? -Bien pero ese no es para tu cuevita sino para iniciarte en la doble penetración. Mitad en broma, mitad en serio Alejo la fue llevando con discreción y disimulo hasta hacer la rima necesaria: “El de verdad por delante y el pequeño por el culo”.

 

Con el correr de los días este juego llegó a formar parte de la rutina sexual, las molestias y dolores iniciales fueron alcanzando niveles de disfrute en ocasiones. Ella sentía un temor casi reverencial ante la menor insinuación de él por hacerle el culito, como forma de practicar fue convenciendo a su pareja de que se lo hiciera para experimentar lo qué se siente ser sodomizada, como lo tiene más fino no será demasiado traumático. Walter se sentía en la gloria, como tocar el cielo con las manos, el muy tonto creyó que hacerla por detrás había sido objeto de su fuerza de seducción. ¡Nunca más lejos de la realidad! sino que era ella que la maneja los hilos de la marioneta. Las veces que experimentó el sexo anal con Walter no fue tan doloroso como había fabulado, con las repeticiones aprendía de sus propias experiencias, posiciones y sobre todo a conocerse y relajar la zona hasta llegar a disfrutarlo alguna vez.

 

Cuando Alejo se cansó de hacerle el ano con el consolador y se propuso un par de veces hasta que al fin accedió, lo entrega con temor, un gel especial para relación anal ayudará. Le unta y dilata el esfínter, el glande espera el momento para mandarse, la distrae con caricias y mimos, una fuerte palmada en una nalga la desconcentra y pierde. Gritó, dientes marcados en la almohada para mitigar el dolor, la cabeza adentro, notable diferencia con el artificial y el de Walter, firme avance, quejidos y lágrimas, trata de relajarse. Más se queja, más se excita él, volcó con todo el cuerpo, forzando a recibir todo el miembro, más duro que nunca. Pausa reparadora, detuvo los movimientos, la esperó, con semejante pedazo dentro aún sin moverse es toda una hazaña soportarlo. La mantiene ensartada, firme apoyo pélvico contra sus nalgas, sintió esas manos y dedos hábiles dentro de la conchita y el clítoris, por un momento se dejó conducir por los dedos inquietos jugando a distraerla dentro de la cueva. Excitado, entra y sale, con ritmo y potencia creciente, traspasada por la carne, delira y grita, fuera de sí:

 

- Animal, rompé todo, date el gusto hijo de puta, rompeme. -bronca y dolor en el insulto. - Sí mamita, ¡ya voy! -disfruta como nunca, cree que goza, empuja más.

 

Cree que la hembra caliente pide más acción. Helena estaba descargando dolor y bronca, vejada, soporta la sodomización, sacudida hasta lo profundo. Alejo resopla como fiera, la llena de leche. El torrente de semen caliente brota del arma mortal. Sale tan dura como entró, duele y produce alivio. No puede verse, el sí, pero lo intuye, el esfínter anal dilatado al máximo de su elasticidad, permanece un tiempo así para regocijo del macho triunfante.

 

Él se siente como Trazan luego de vencer al león, con ganas de dar ese grito, propalar el mensaje triunfal a todo el mundo. Ella tan solo hacer un momento de silencio por haber perdido hasta el respeto por sí misma por haberse dejado hacer sodomizar por un miembro ¡grande como la de un burro! Corrió al bidé, prolonga el baño de asiento, atenúa el dolor. Cuando se llega aprovecha para higienizarle la verga, pero ni así puede bajarle la excitación y el deseo exacerbado por haberle desvirgado el culito (no del todo mentira). El hombre está hecho un macho cabrío insaciable, viendo como sigue excitado aún deberá mamarlo dos veces para calmarlo, una estando sentada en el bidé, la otra fue en el lecho. En la mañana hay rastros del desvirgue anal, Walter se lo busca, se niega, re huye espantada, arguye una excusa de ocasión.

 

De ahí en más hubo un período de espera y luego Alejo volvió a la carga con el apremio por gozarla por detrás. Al menos dos veces por semana, recibe enema de carne en barra, siempre sufre la penetración, pero como uno se acostumbra a todo ella considera que también lo hará. El relato precedente me fue confiado por Helena, amiga personal, le ofrecí mi oreja para escuchar sus cuitas, esas cosas que solo se puede confiar a un amigo. Ella me considera (yo igual) como su amigo, buen amigo agregaría, y después de un relato tan picante nos fuimos poniendo a tono con el desarrollo del relato y como no podía ser de otro modo terminamos en la cama. Lo pasamos bien, pudo sacarse este secreto que la agobiaba moral y física.

 

Esta es la historia de una mujer presa en su propia telaraña por amor a su marido, ultrajada y vejada por este sexópata, terminó por disfrutarlo. En la cama mostramos la otra faceta, podemos someter o entregarnos al otro sin límites, el sexo es la excusa para dejar fluir el otro yo que nos acompaña en las sombras. Puedo dar fe del relato, tiene todo agrandado. El tamaño de mi aparato hizo desistir de entregar el marrón (ano) a más de una, pero Helena desafiada a demostrar la veracidad de sus dichos, lo aguantó como si nada y hasta con orgasmos lo disfruta ahora. Luego de tranquilizar su espíritu Helena se consiguió otro empleo y dejó la doble vida, cambió sin demasiada bulla para no despertar sospechas. En estos casos siempre lo mejor es que el marido no lo sepa. Mientras producía el cambio fui su paño de lágrimas y consuelo de cama, como para evitarle el síndrome de abstinencia.

 

Escribí esta historia a instancias de esta buena mujer, para alertar a las que estén por emprender este camino, los nombres son ficticios, los hechos totalmente verídicos. Gracias, y suerte.

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