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La madre de los solitarios

Date febrero 2, 2008

La vieja, destartalada, furgoneta blanca subía retorciéndose por la vereda serrana saltando baches, atravesando arroyos, echando humo por el radiador, camino de la casita abandonada que se escondía entre dos cerros en una pequeña vaguada.

Manuel y Antonio que acababan de dar el golpe de su vida, iban en los asientos delanteros y atrás, medio sentados, medio tumbados en unos colchones, su hermano pequeño Rafael y su madre, la señora Socorro. Después de atacar y asesinar al correo del capo colombiano Marcelo Alfonso Gamboa Fitzgerald, habían simulado uno de sus habituales viajes en busca de chatarra.

Dejaron a sus mujeres en el pueblo, como solían hacer y se llevaron a Rafael, no se le fuera a escapar algo y a su madre, porque al fin y al cabo, seguía siendo la jefe del clan y el asunto era el más importante que habían tenido en sus manos: treinta kilos de cocaína que llevaba el correo, para entregar sabe Dios donde. Ellos supieron del envío y el camino que iba a seguir por su hermana que estaba sirviendo en el palacio que el colombiano tenía en la Costa del Sol.

 

La caseta, donde antiguamente habría vivido algún guarda, se componía de la de la estancia que era al mismo tiempo cocina y portal y un cuarto pequeño. Adosada a la parte de atrás había una cuadra, el marco de cuya puerta habían arrancado para poder esconder la furgoneta. Una vez oculta esta, se levantaban puerta y marco juntamente y no se notaba nada, al menos desde cierta distancia.

 

Manuel, el mayor de los tres hermanos Jimenez, tenía treinta y dos años. Era muy moreno, con grandes patillas, fuerte, taciturno y empezaba a echar barriga.

 

Antonio tenía veintiocho -entre los dos había tres hermanas – y era también muy moreno, delgado, bastante cargado de espaldas y el pecho muy hundido. Era muy buen tirador y tenía una especial facilidad para afanar las cosas más difíciles como si nada.

 

Rafael, el benjamín, conocido por El Inglés, porque tenía los ojos claros, era ya tan alto como Antonio y poco menos que Manuel.

 

La señora Socorro tenía en aquel entonces, cincuenta y cuatro años, había tenido catorce partos, el primero a los dieciséis años, de los que le vivían aquellos tres varones más el mayor, que cumplía condena en Ceuta, por mala suerte en una riña, otro que era cabo primera en La Legión y cinco hijas, dos en La Línea, otra, la más bonita y cuatro años mayor que Rafael que servía en Marbella, a la espera de lo pudiese caer, y las otras a las que hacía años había perdido la pista. Era una mujer de buena estatura, delgada, con un andar sandunguero y armonioso y grandes pechos caidos que reposaban en el cinturón de su traje negro. Se decía que había sido una belleza y tan brava, que había andado a tiros con la Guardia Civil cuando mataron a su marido, Antonio Jimenez Montoya, un hombre donde los hubiera.

 

Había cumplido penas a los diecinueve años -dos años- a los veinticuatro -tres años de “cadena”- y a los treinta y tres, solo diecinueve meses porque la cogió un indulto. Y tres de sus hijos habían nacido en la prisión.

 

Pasaron dos días repartiendo la cocaína en varios paquetes bien envueltos en varios plásticos y luego ocultándolos en escondrijos de diversa dificultad. Convenía que si las cosas venían mal dadas, la pasma pudiera encontrar lo menos para que no hallasen lo más y poder recogerlo el día de mañana. Cuando fuera.

 

Dos días más tarde, mandaron a Rafael al pueblo más próximo, unos doce kilómetros a buscar papeles viejos, en realidad periódicos atrasados para ver si decían algo de su golpe. Rafael volvió con una carga de ellos que lo hizo llegar abrumado a la caseta y allí se enteraron de que alguien había visto marcharse del lugar del crimen una furgoneta DKW blanca que había tomado el camino de El Arahal. Lo del camino no les importó nada porque era falso, pero lo de la furgoneta blanca era alarmante pues ya quedaban muy pocas camionetas como la suya. Había que quedarse escondidos una temporada y luego ya se vería. Vender algo de la droga, comprar otra furgoneta y desguazar la DKW y venderla por partes en diversos chatarreros.

 

Con intervalos de tres o cuatro días bajaba Rafael al pueblo a buscar papeles. Había veces que parecía que su atraco ya se había olvidado y de repente el condenado asunto volvía a aparecer. Parecía que no se fuera a acabar nunca.

 

Poco a poco se iban poniendo nerviosos.

 

- Debíamos haber traído a las mujeres -decía Antonio… – Si hubiéramos sabido que esto se iba a alargar tanto-seguía Manuel. – Y ¿para que las queríais aquí? ¿Es que no podéis vivir sin mujeres? Ellas están en sus casas dando impresión de normalidad y que no nos busquen. – Bueno. Preferíamos tenerlas aquí.

 

Ya llevaban más de veinte días, cuando una tarde se apartó Manuel diciendo que iba a hacer sus necesidades y no volvió hasta las dos de la mañana y no quiso dar explicaciones.

 

Dos días después volvió a hacer lo mismo y otros cuatro después de la segunda ausencia, también. Por fin se supo lo que hacía. Por los alrededores del pueblo vagaba una mendiga sub normal y satisfacía sus necesidades con ella. “¿Que tal está?” preguntó Antonio. “Bueno, bastante fea. Pero es joven y tiene dos buenas tetas”. Rafael también escuchaba con cara ansiosa.

 

La noche siguiente faltaron Antonio y Manuel. Rafael se quedó, con su madre ansioso y no se pudo dormir.

 

Cuando aparecieron, de madrugada, la señora Socorro encendió un candil tras de cerrar bien la puerta -no había ventana- para que nadie viese la luz y montó la bronca.

 

- Sois unos locos, o mejor unos imbéciles. ¿Que queréis? ¿Que se den cuenta de que estamos aquí? ¿Os dais cuenta de lo que nos jugamos? ¡Porque yo prefiero ser rica a volver a la cárcel! ¡Y yo no he matado a nadie como vosotros! ¡Yo he venido con vosotros porque soy vuestra madre, pero ni he matado a nadie ni por ahora he ganado nada! ¡Y todo por una pobre desgraciada, quien sabe la mierda que llevará encima! ¡Pero que coño tenéis que no podéis aguantar un mes sin mujer!

 

Tenía autoridad sobre sus hijos, no cabía duda y durante una semana no pasó nada, pero luego el que desapareció fue Rafael.

 

La señora Socorro respondió como una leona.

 

- ¿Habéis visto, desgraciaos? ¿Que queréis que cojan a vuestro hermano y lo lleven al correccional y de paso a todos nosotros a presidio? ¡Desgraciaos, que sois unos desgraciaos que no valéis para nada! ¡Si vuestro padre estuviera aquí!

 

Rafael volvió descalabrado. Por lo visto la mendiga lo había apedreado y había gritado de tal manera que tuvo que salir corriendo con algún perro en los talones.

 

Hubo varios días de mal humor en los que nadie hablaba sin reñir y el ambiente estaba enrarecido. La señora Socorro vio que sus dos hijos mayores revisaban la furgoneta y aquella noche se decidió.

 

- Bueno. Veo que no podéis aguantar más sin mujer y temo que hagáis un disparate que nos cueste muy caro. Ya se que no soy ninguna niña, pero aun soy una mujer y la única que hay aquí, así que el que quiera servirse, a mandar. – y miró a los dos mayores a la cara.

 

Se produjo un silencio de cerca de una hora, al cabo de la cual Manuel dijo:

 

- Yo soy el mayor, así que esta noche me toca a mí

 

Al instante la señora Socorro se levantó, entró en el cuarto de atrás y desenrolló uno de los dos colchones que había. Manuel entró con ella y dejó el candil en un rincón. Su madre se quitó el cinturón y se sacó el traje por la cabeza. Luego se quitó las bragas sin decir nada y se echó en combinación sobre el colchón. La luz del candil acentuaba sus facciones marchitas.

 

Manuel se estaba desnudando al lado de ella y se quedó desnudo ante ella.

 

- Madre, quítese todo.

 

La señora Socorro sin decir nada se quitó la combinación y se acostó completamente desnuda.

 

Manuel se adelantó. “Venga aquí a chuparme”. Ella se puso de rodillas, se acercó y lo miró con desprecio. “¡Maricón! Tu padre ya me tendría bien clavada” Manuel le cogió por los pelos, le metió la cabeza en su ingle y con la otra mano le dio palos con su polla en la cara. “¡Abra la boca y mame o la crismo!” La señora Socorro empezó a mamar y él empujaba fuerte con su verga dentro de la boca de ella sin miramientos y sin soltarla del pelo. Al poco rato empezó a gruñir, le cogió la cabeza con las dos manos, metió su polla hasta la garganta y eyaculó echando la cabeza hacia atrás. Luego de un empujón la tiró al colchón. Su madre, atragantada, se limpiaba la cara con el dorso de la mano.

 

Manuel la empujó con brusquedad y se dejó caer encima de ella, le metió su miembro de un empujón y empezó a moverse encima de ella con violencia. La señora Socorro abrió las piernas todo lo que podía y empezó a decir: “¡Así, así! ¡Más fuerte, hijo, ahora ya se ve de quien eres hijo! Más fuerte y toma!” “Tome Madre, aun es una buena mujer. ¡Que gusto me está dando y como le gusta, puta!” “Ay, si Manuel. ¡Cógeme el culo!” “¡Pues ahora me da la gana de cogerle las tetas y mordérselas bien! ¡Coño! ¡Que largas las tiene usted y que bien saben!”. La señora Socorro se movía desenfrenada y se corrió. “¡No pares, Manuel, no pares que me viene otra vez -dijo a voz en grito- ¡Dame y cógeme el culo, que me gusta! ¡Apriétamelo!” “¡Joder que culo más flaco Madre, pero que suave! ¿Venga?” La señora Socorro se paró un momento, miró a su hijo con una cara felina y se dió la vuelta levantando el culo.

 

- ¡Allá va, madre! -gritó Manuel. Le enchufó el nabo en el culo y se lo clavó.

 

Ella gritó, pero luego empezó a moverse compulsiva. “¡Pégame con los cojones en el culo! ¿Que leches te pasa que no llegas? ¿Tan larga la tienes? ¡Pues entonces a mi todavía me cabe más!” Antonio empujó desesperadamente y la señora Socorro volvió a gritar de dolor, pero pasado el momento se movio valientemente hasta que se corrieron los dos mientras el le daba palmadas en las ancas y en los hijares diciendo “¡To, yegua! ¡Yegua! ¡La madre que te parió, que gusto me das zorra! ¡Jode hasta que me mates de gusto, o aquí mismo te quedas!”.

 

Todavía la folló una vez más por delante con brusquedad, como demostrandole su dominio, pero cuando él acabó siguió un rato hasta que consiguió que a ella le llegase el último orgasmo, y entonces le dijo cariñoso:

 

- Madre. Te juro que te lo he hecho mismamente igual que se lo hago a la Carmela. No tomes nada a mal

 

- Ya lo se hijo y no te lo tomo a mal. Tu padre era más duro conmigo y nunca le falté y lo quise hasta que lo mataron.

 

Cuando salieron Antonio se estaba masturbando en un rincón y Rafael hacia lo mismo en la calle.

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